Roberto Arlt, Escritor e Inventor Suena extraño. Los inventos siempre parecen venir de los países hiperdesarrollados, sin embargo, Argentina pertenece a la aristocracia de los inventores. Allí nació el bolígrafo y la escuela de
inventores más importante de América Latina, hay más de 3.000 personas detrás del descubrimiento del siglo y cada año se registran cerca de 7.000 patentes..
Desde la redacción del diario El Mundo, Roberto Arlt uno de los ineludibles escritores argentinos lo inventó todo: desde una nueva Buenos Aires, refundada en cada uno de los textos que
publicaba en el periódico, hasta las "medias con punteras y talón reforzado con caucho o derivados" que, si bien fabricó en su taller de Lanús, llevó para probar entre sus compañeros de trabajo. El 17 de octubre de 1934 el escritor obtuvo la
patente número 42.050 que pegó sobre una pared, en la redacción, mientras un fotógrafo inmortalizaba la escena. Pidió, además, un voluntario que se pusiera la media: uno de los jóvenes de la mensajería se descalzó. Tres horas después, "las medias
vulcanizadas se habían convertido en una masa única entre la piel, el zapato y la goma según cuenta Ómar Borré en una biografía sobre el autor. Entre varios forcejearon y con dificultad consiguieron arrancar la media eterna de los pies del
muchacho. Arlt se quedó con algunos trozos en la mano, convencido de que había que hacer algunas reformulaciones". Mejor suerte tuvo Marta Angélica Cebey con sus "medias de dedos libres". Como gran parte de las innovaciones, esta también surgió de una incomodidad cotidiana: que las medias de lycra se rompieran al tocar las uñas de los
pies y que los dedos quedaran oprimidos, sobre todo al usar sandalias que para colmo dejan la antiestética costura de la puntera al aire. Cualquier mujer lo comprende. Por eso, las medias Marancé tienen cinco pequeños orificios, que permiten el
movimiento de cada uno de los dedos y hasta llevar las uñas pintadas. Se consiguen en color tostado claro, tostado oscuro, o negro. Patentadas en 1999 y comercializadas a partir de 2000, de algún modo Cebey hizo justicia con la frustrada aspiración
arltiana. Pero el escritor era un gran inventor, más allá de las medias galvanizadas. Al decir de la
investigadora Sylvia Saítta, logró, por ejemplo, convertirse en un personaje de sus propias ficciones. Como los siete locos de su novela, forma parte del universo mestizo y sin límites precisos de la invención, donde se puede crear desde una rosa de
cobre hasta una sociedad secreta, con academia para revolucionarios incluida. Por Judith
Gociol y Diego Rosemberg
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