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Hugo Olivera y Roberto Cardón: Estos
dos amigos y socios, desarrollaron el "Descorjet",
un novedoso extractor manual de tapones, más específicamente
un "descorchador"
de vinos espumantes, que resuelve el problema de la falta de
seguridad y la incomodidad a la hora de destapar una botella de
champaña o sidra.
La
historia de Hugo y de Roberto, es la historia de dos inventores
que recién se inician. Llegaron a nuestra institución con una
muy buena idea y un excelente prototipo funcional, pero con una
cobertura de patente de invención débil, con serios problemas
conceptuales en las reivindicaciones, y sin una visión clara de
cómo seguir de ahí en más, para tratar de ofrecer su invento
a alguna empresa.
Aprovecharon
con mucha inteligencia todos los consejos que recibieron, y se
abocaron a corregir y fortalecer su proyecto, rehicieron el
documento de su patente, mejoraron su prototipo, y desarrollaron
una estrategia para la línea de producción, y clarificaron sus
objetivos comerciales. Insisten en poner énfasis en su
agradecimiento al apoyo recibido por nuestra institución, muy
especialmente de parte de José Fandi, uno de los inventores
profesionales más importantes de la Argentina. Pero debemos
destacar a favor de su propio mérito, que existe algo más
importante que un buen consejo, y es la habilidad y la decisión
de aceptarlo y llevarlo a la práctica, y estos dos inventores
lo han demostrado con creces.
El
"Descorjet", es muy simple, seguro y estético, de
bajo costo, y puede ser accionado con una sola mano, sin
dificultad ni esfuerzo por cualquier persona, desde niños y
mujeres, hasta ancianos. Supera sensiblemente a los demás
destapadores conocidos, y es muy probable que tenga una gran
aceptación en el mercado.
Según
cuentan, su invento es el resultado de dar una respuesta
inteligente al problema de la desocupación que sufrían en sus
talleres de matricería y mecánica. Hugo recuerda que a
mediados de 1997, su amigo y colega Roberto, se acercó con la
idea inicial del "Descorjer",juntos comenzaron a
buscar información, antecedentes y materiales relacionados con
el tema, y para su sorpresa comprobaron que el invento era
original, y que no había antecedentes similares.
De
ahí en más se dedicaron, con gran esfuerzo a pensar en cómo
mejorar, desarrollar y proteger su proyecto. Se encontraron con
una gran cantidad de problemas técnicos, operativos,
financieros y legales, lo que los sumió en la confusión y el
desaliento.
Pero
en septiembre de 2000, se enteraron que se estaba realizando en
Buenos Aires el Simposio Internacional de Inventores, organizado
por la IFIA (International Federation of Inventor's
Associations), la OMPI (Organización Mundial de la Propiedad
Intelectual), y la Asociación Argentina de Inventores. En ese
momento supieron de la existencia de la institución,
asistieron a los cursos de capacitación, y en pocos meses su
proyecto estaba nuevamente vigorizado, sólido y con grandes
perspectivas de éxito.
Hugo
recuerda, que por ese entonces escuchó un reportaje radial que
le hicieron al Dr. Francisco de Pedro (miembro de la AAI),
durante el desarrollo del Simposio Internacional de Inventores,
diciendo que "los inventores, en la mayoría de los casos,
se sienten prisioneros en un laberinto sin salida al tratar de
llevar a cabo sus proyectos, y que recomendaba acercarse a la
AAI, para recibir ayuda".
Esto
le resultó revelador porque describía lo que él y su socio
sentían, luego de mucho tiempo de trabajo en un proyecto que no
terminaba de encarrilarse.
Posteriormente
ambos inventores consiguieron el apoyo de dos socios
capitalistas, los ingenieros Florencio Castellano e Ismael Brea,
quienes se entusiasmaron con el proyecto y decidieron
financiarlo para encarar las etapas de la extensión de la
protección legal, el desarrollo de la matricería, la
pre-producción, la producción, la distribución y la venta.
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