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Celia
Mohabed pasará a la historia consignada en la lista de
inventores argentinos
por haber desarrollado una membrana de colágeno que sustituye
temporariamente la
piel y acelera el tratamiento en quemaduras y lesiones
cutáneas. Aunque la palabra
invento parezca sacada de otra época y a ella no le agrade
demasiado, así lo consigna un
premio nacional y otro internacional, entregado por la
Organización Mundial dc Propiedad Intelectual (OMPI). "Un
invento pareciera indicar que se te prendió la lamparita y al
otro día salió el producto, y no es así esto exigió mucho
trabajo" dice, y lo demuestran los años de estudio que
dedicó a lograr este desarrollo tecnológico y otros tantos
años en los que lucho para alcanzar su patentamiento: nada mas
lejos de la mítica imagen del científico loco que realiza
descubrimientos con la celeridad con que una gallina pone un
huevo. La bioquímica considera el trabajo científico más
cercano a la obsesión del artista que a la inspiración del
poeta (también bastante renombrada, por cierto), mas aún en el
caso de las mujeres que, como dice
"siempre tenemos trabas y tenemos que trabajar mas y mejor
que el hombre para que se
nos tenga en cuenta ".
Yo
siempre repito esta frase: una córnea se puede sacar de una
persona y ponérsela a otra:. Un hígado y un corazón también.
Pero la
piel es la de uno o es la de uno, dice Celia con una voz áspera
y gruesa que perece modulada por años dc cigarrillos, y unos
ojos verde esmeralda que hacen honor a su apellido, de origen
árabe. Su
obsesión, justamente; fue crear esa piel que pudiera ocupar el
lugar de la que se daña por quemaduras por
úlceras o escaras. Y como su mayor herencia no fue la que
muestran sus
ojos sino la del duro sacrificio, se lanzo a la carrera:
"Yo nací en una época en que había que superarse,
superarse, superarse -cuenta-. Mis padres no habían podido
estudiar ,así que yo salía de la Cultural Inglesa e iba a
la Francesa, porque había que saber dos idiomas mas aparte del
castellano y el árabe....".Y durante toda su vida mantuvo
ese ritmo.
Su
"invento" comenzo hace 30 años, cuando trabajo por
primera vez con el colágeno como
empleada de un laboratorio. "A mi me gusto mucho la
conducta de esta proteína, que es muy diferente a
todas las otras y seguí trabajando en los ratos que
podía", comenta. Hace 10 años logró darle forma final a Membracel
y recién en el 97 consiguió el patentamiento, después de un
tortuoso camino por probar que no había nada en el mundo con
las mismas características.
Esta
membrana esta compuesta básicamente por un gel de colágeno,
que se extrae de piel bovina, y funciona como un parche que se
coloca donde falta piel, mientras esta crece nuevamente. Su
mayor logro es que; a diferencia de cualquier gasa o apósito,
no tiene que cambiarse durante el proceso de curación –lo
cual evita dolores "porque a una gasa que se pega en un
quemado cuesta cambiarla significa dolor y a veces hasta hay que
ir a el quirófano"- y acelera hasta un 50 por ciento el
tiempo de cicatrización de una herida.
Por
su creación, en 1998, recibió la medalla de oro y el Primer
premio Nacional a la Invención "Ladislao José biro",
otorgado por el Instituto Nacional de Propiedad Industrial
(INPI). Y en 1999, el OMPI le dio la medalla
de oro como reconocimiento a la mejor invención presentada en
la categoría química biotecnológica y alimentación. Pero
igual o más satisfacción sintió al recibir el
"reconocimiento a una actitud de vida" que da una
fundación porteña formada exclusivamente por mujeres inspirada
en la trayectoria de Alicia Morcau de Justo, porque, dice:
"todos sabemos las diferencias que hay, sobre todo en los
trabajos... la mujer tiene que ser mejor que el hombre para ser
igual. Eso nos paso a todas, a las mujeres nos cuesta mucho
mas"
CIENTÍFICA
Celia
Mohadeb es bioquímica, pero nunca hizo análisis clínicos. Es
Farmacéutica, pero jamás se dedicó a la venta de remedios.
Estudió en la UBA y, apenas recibida, trabajó dos años en el
Instituto Nacional de Microbiología Malbrán. Hoy, con 63
años, ya jubilida y sin presiones, se dedica a desarrollar las
cosas que le interesan en un pequeño laboratorio del barrio de
Pompeya al que llama "mi sala de juegos". Celia
encuentra una relación muy estrecha entre la ciencia y el arte,
a través del modo de vivir y crear de estas profesiones:
"Cuando el artista, como el científico, se entusiasma con
un tema termina siendo una obsesión. Los dos tienen
curiosidades y tratan de lograr objetivos y de expresarse de
alguna manera. Creo que ésta es mi manera de expresarme".
Cuando esa expresión se concreta en el producto o el desarrollo
que tanto se anhela, "se siente una enorme satisfacción
pero no por lograrlo sino porque la gent te diga "yo tuve
cinco años una úlcera varicosa y no se curaba y usé la
membrana durante un mes y empiezo a ver ya que los resultados se
producen". En ese punto, dice, se convence de que todos los
esfuerzos fueron válidos. Por eso se enoja cuando piensa que
"hoy se desarrollan muy pocas cosas en beneficio de la
humanidad, todos se hace en el área de las
telecomunicaciones".
Desmitificando la idea del cintífico encerrado en su
laboratorio, Celia se llena de bronca cuando piensa en
cuestiones muy concretas. Como,
por ejemplo, que "las posihilidades que
da el Ministerio de Economía para la Pymes son muy reducidas,
las leyes siempre están por salir, dicen que cuando lo vote el
Congreso, pero en realidad no le dan importancia a la industria
nacional". Esto la afecta directamente porque las
posibilidades de vender su producto en Europa -donde ya tiene
pedidos hechos- se reducen a cero porque el Mercado Común
Europeo tiene ciertas exigencias que el laboratorio no tiene
posibilidades económicas de afrontar. Además, le molesta el
hecho de que los hospitales públicos no puedan usar la membrana
"porque no tienen recursos, a pesar de que es
económica".
"No
me importan los enemigos, el que no tiene amigos no tiene
enemigos", anuncia después de haber descargado sus
furias.
Prende
un cigarrillo, toma café, habla y habla con esa voz áspera,
apurada, movediza, tal vez pensando en los próximos pasos. En
las horas, las tardes y los días que pasará estudiando,
trabajando e intentando desarrollar ese otro producto tan
necesario para ella, para hacerla feliz, y para contrarrestar el
dolor de la humanidad: "El dolor me parece algo muy
perverso, entonces me parece muy estupendo hacer algo para
evitárselo a alguien". Todo en ese pequeño laboratorio de
Pompeya, su sala de juegos.
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