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El último
Organito
1948 (Recitado) Las ruedas embarradas del último
organito El último organito irá
de puerta en puerta Tendrá una caja blanca
el último organito Letra:
Homero Manzi
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Bronca
1962 Por seguir a mi conciencia estoy
bien en la ¿Qué pasa en este
país? ¿Qué pasa, mi Dios, Refundir a quien se pueda es la
última consigna
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Amablemente 1963 La encontró en el bulín
y en otros brazos, Al quedarse bien solo con la mina, La grela, jaboneada, le hizo caso. Y luego, besuqueándole la
frente, Letra:
Iván Diez |
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A Buenos Aires
1967 En tu baraje gringo, ciudad mía, Sos cadenera flor sin berretines Mis escoberos siempre harán
candado Yo seguiré escruchando
en tu lunfardo, Cuando llegue el final, si la
de blanco Y así estarás feliz
matina y sera, Letra
y música: Edmundo Rivero |
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Coplas del Viejo
Almacén
1969 En este Viejo Almacén En este Viejo Almacén, En este Viejo Almacén Coplas del viejo Almacén En este Viejo Almacén, En este Viejo Almacén Letra:
Horacio Ferrer |
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AFINADISIMO, COMUNICATIVO, DUEÑO DE UNA CALIDA TERNURA EN SU SINGULAR
ESTILO INTERPRETATIVO, SE CONTO, SIN DUDA, ENTRE LAS MAS GRANDES VOCES
DEL TANGO
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1935,
cuando se inició como estribillista de José De Caro. En 1937
pasó a la orquesta de Julio De Caro y poco después cantó
con Humbero Canaro, tras lo cual decidió abandonar el canto: "Nadie
quería contratarme y aún llegaron a decirme que con una voz
tan `gruesa` debía estar enfermo de la garganta. Hasta que en el cuarenta
y pico, casi por casualidad, entoné un par de canciones en radio La
Voz del Aire. También de casualidad me oyó Horacio Salgán
y me contrató".
Fue el inicio de la popularidad. Luego vino su vinculación a Aníbal
Troilo. "Nos acercó Carlos de la Púa -recordaba el cantor-.
El encuentro fue en un boliche. Desenfundé la viola, canté algún
tango, después se animó Troilo -quien, aunque tenía voz
ronca, era muy afinado- y nos olvidamos del asunto que nos había reunido...
Fue recién a altas horas de la madrugada cuando el Gordo lo recordó.
El 29 de abril de 1947 grabamos nuestro primer tango en colaboración:
El milagro, de Pontier y Expósito".
Cabe aclarar que, sin embargo, no fue ese registro el primero en salir a la
venta. No obstante, la resistencia del público
Opina
el investigador Maximiliano Palombo: "Edmundo Rivero fue, en su calidad
de cantor nacional, un genuino y cabal continuador de la escuela vocal que
Carlos Gardel había impuesto en los años `20". Y opina
con inteligencia y precisión. Más allá de ello, don Edmundo
no se quedó de simple continuador y aportó, como él mismo
nos narraba, otras influencias: "Aprendí mucho de la ópera,
del lied; cuando uno conoce a Schubert o Beethoven o Rossini o Wagner, a los
grandes músicos, puede volcar esos conocimientos en el tango".
Pero si bien Gardel había hecho su aporte basado en el canto lírico,
la innovación de Rivero consistió en la incorporación
de otros recursos; por ejemplo, la "esfumatura" en la sílaba
final de la composición, cosa que no se advierte en los cantores que
lo precedieron. Por otra parte, debe tenerse en cuenta su extraordinaria afinación
y su honda comunicatividad, detalles que lo convirtieron en uno de los más
grandes inmediatamente detrás del genial Zorzal Criollo.
Refería el gran intérprete en aquellas extensas charlas que
llevaba a cabo en la Academia Porteña del Lunfardo, en un café
de la avenida Santa Fe y en El Viejo Almacén, entre octubre y diciembre
de 1985: "Nací bajo el mismo cielo al que tantas veces he cantado
con versos de Homero Manzi: el de Pompeya y más allá la inundación.
Fue el 8 de junio de 1911, a unas cuadras de la iglesia de Nueva Pompeya,
junto al puente del Ferrocarril Belgrano, que entonces se llamaba Midland,
exactamente en la estación Puente Alsina, de la cual mi padre era jefe.
¡Quién iba a decirme que 37 años más tarde iba
a tocarme estrenar el tango que habla del paisaje que me vio nacer!"
Cabe agregar que sus padres, Máximo Aníbal Carmelo Rivero y
Juana Anselma Duró, fueron aficionados al canto. De ellos y de su tío
Alberto Duró, que le impartió las primeras lecciones de guitarra,
heredó su arte.
En su adolescencia, formó un trío con su hermana Lidia Eva y
con su hermano Aníbal. Con éste debutó en radio. "El
primer sueldo que cobré en la radio -contaba al respecto Rivero- fue
producto de un trueque entre la emisora y una casa anunciadora: ¡un
pescado!, aunque a elegir entre pejerrey y merluza".
Eran aún los tiempos del repertorio campesino, La yeguecita, China
hereje, Mirala cómo se va y cosas como ésas; el tango no interrumpiría
en su vida hasta


continuaba
en cierta medida; el hábito de escuchar tantas tesituras de barítonos
y tenores en los vocalistas tangueros provocaba el rechazo a un inesperado
bajo como Rivero. Pero Troilo supo lo que hacía al contratarlo y la
gente se acostumbró, por fin, a esa voz atípica que terminó
por ser una de las más típicas. Lo atestigua el éxito
obtenido por algunas grabaciones irrepetibles de la dupla, como Sur, Cafetín
de Buenos Aires, Milonga en negro, El último organito, Tú o
La viajera perdida.
Troilo y Rivero se desvincularon amistosamente y el cantor inició la
carrera de solista que su talento merecía. Fue así como 1950
marcó el punto de partida de su brillantísima etapa independiente.
Junto con ella, comenzó a difundir sus propias composiciones, como
los tangos Pelota de cuero (con Héctor Marcó), Todavía
no (Eugenio Majul), Pa`l nene, Bronca (ambos con Mario Batistella), Grata,
Los santos del estaño (los dos con Juan Bautista Devoto), Las diez
de última (José Pagano), Poema Nº 0, A lo Megata (los dos
con Luis Alposta), Arigató, Japón, arigató (con letra
propia), Aguja brava (Eduardo Giorlandini), Dos ladrones (Enrique Otero Pizarro)
y otros; las milongas La señora del chalet (José
Pagano),
La solita (Miguel Bucino), Vivir lo nuestro (Martín Castro), Amablemente
(Iván Diez), Línea 9 (Carlos de la Púa), Biaba (Celedonio
Flores), Coplas del Viejo Almacén (Horacio Ferrer), A un nochero que
quiso ver el sol, La toalla mojada, A Buenos Aires, Oíme, Rosa (las
cinco con letra propia), etc., y en otros géneros, la canción
¿Quién sino tú? y el aire de malambo Malón de
ausencia, ambos con letra y música propias.
En 1963, comenzó la serie de longplays titulados En lunfardo, en los
que incluyó, entre otras obras, varios poemas célebres en la
jerga porteña que él mismo musicalizó. En 1965, grabó
acompañado por Astor Piazzolla el larga duración El Tango, en
el que interpreta obras de ese músico con letras de Jorge Luis Borges.
En 1968, actuó por primera vez en Japón. El 8 de mayo de 1969
inauguró su célebre tanguería El Viejo Almacén,
de Independencia y Balcarce.
El 6 de mayo de 1978 fue nombrado académico de número de la
Academia Porteña del Lunfardo, en la que ocupó el sillón
Carlos Gardel. En 1982, editó su libro Una luz de almacén. En
1985 condujo, por Radio Nacional, su interesantísima audición
Hablando del lunfardo y publicó su libro Las voces, Gardel y el canto.
El 24 de diciembre de ese mismo año, sufrió una miocardiopatía
que lo obligó a ser internado en el Sanatorio Guemes; allí falleció
el 18 de enero de 1986, a las 10: 35. La ciudad acababa de perder a una de
sus voces mayores y más queridas.