El último Organito
1948

(Recitado)
Melancólica imagen del último organito,
volverás por los antiguos callejones de barro,
cada vez que los tangos
recuerden el arrabal perdido
y renazcan los hombres y las cosas muertas
en el milagro de la evocación.

Las ruedas embarradas del último organito
vendrán desde la tarde, buscando el arrabal,
con un caballo flaco y un rengo y un monito
y un coro de muchachas vestidas de percal.
Con pasos apagados elegirá la esquina
donde se mezclen luces de luna y almacén,
para que bailen valses detrás de la hornacina
la pálida marquesa y el pálido marqués.

El último organito irá de puerta en puerta
hasta encontrar la casa de la vecina muerta,
de la vecina aquella que se cansó de amar,
y allí molerá tangos para que llore el ciego,
el ciego inconsolable del verso de Carriego,
que fuma, fuma y fuma sentado en el umbral.

Tendrá una caja blanca el último organito
y el asma del otoño sacudirá su son
y adornarán sus tablas cabezas de angelitos
y el eco de su piano será como un adiós.
Saludarán su ausencia las novias encerradas,
abriendo las persianas detrás de su canción,
y el último organito se perderá en la nada
y el alma se suburbio se quedará sin voz
.

Letra: Homero Manzi
Música: Acho Manzi
"Rivero - nos cuenta Acho Manzi (Homero Luis Mazione) - estreno este tango cuando cantaba en la orquesta de Aníbal Troilo, en enero de 1949, en Radio Belgrano". Los mismos interpretes fueron los primeros en llevarlo al disco, el 31 de marzo de ese mismo año.

 

Bronca
1962

Por seguir a mi conciencia estoy bien en la
palmera,
sin un mango en la cartera y con fama de chabón;
ésta es la época moderna, donde triunfa el
delincuente,
y el que quiere ser decente en el tiempo de Colón.
Lo cortés pasó de moda, no hay modales con las
damas,
ya no se respetan canas ni las leyes ni el poder,
la decencia la tiraron en el tacho'e la basura
y el amor a la cultura, ¡todo es grupo, puro blef!

¿Qué pasa en este país? ¿Qué pasa, mi Dios,
que no vinimos tan abajo?
¡Qué tapa que nos metió
el año sesenta y dos!
¿Qué pasa? ¿Qué signo infernal
lo arrastra el dolor?
Ya ni entre hermanos se entienden
en estas atroz confusión;
que si falta la guita
que si no hay más lealtad....
Y nuestra conciencia, ¿no vale eso más...?
¡Pucha, que bronca me da
ver tanta injusticia en la humanidad!

Refundir a quien se pueda es la última consigna
y ninguno se resigna a quedarse sin chapar,
se trafica con las drogas, la vivienda, el
contrabando,
todos ladran por el mando, nadie quiere laburar,
los ladrones van en coche, Satanás está de farra
y detrás de la fanfarra, salta y grita el arlequín,
es la hora del asalto, sírvanse, que son pasteles,
¡ y así queman los laureles que supimos conseguir!


Letra Mario Batistella
Música: Edmundo Rivero
Rivero llevó al disco este tango en 1962, acompañado por Mario Demarco, en un simple que terminó por ser oficialmente prohibido pocos meses después, ya en 1963. en 1996 lo reactualizó Luis Linares en el canal de televisión Solo Tango

Amablemente
1963

La encontró en el bulín y en otros brazos,
sin embargo, canchero y sin cabrearse,
le dijo al tiburón: "¡Puede rajarse;
el choma no es culpable en estos casos!"

Al quedarse bien solo con la mina,
buscó las alpargatas y, ya listo,
murmuró, cual si nada hubiera visto:
"Cebame un par de mates, Catalina".

La grela, jaboneada, le hizo caso.
El tipo, saboreándose un buen faso,
la mateó, chamuyando de pavadas...

Y luego, besuqueándole la frente,
con toda educación, amablemente,
¡le fajó treinta y cuatro puñaladas!

Letra: Iván Diez
Música: Edmundo Rivero
En 1963 Rivero musicalizó, en tiempo de milonga, este soneto que Iván Diez (Augusto Arturo Martini) había escrito a mediados de la década del '30. En aquel mismo año, lo incluyó en el larga duración En lunfardo, volumen I. Existe una admirable y ajustada versión en italiano del poeta Daniel Tedeschi.

A Buenos Aires
1967

En tu baraje gringo, ciudad mía,
Vas perdiendo tus zarzos y tu brillo.
Tu malevaje está en la tanquería
Y apoliya en orsay tu conventillo.

Sos cadenera flor sin berretines
Que currás a los cuores con tu rango,
Pero el choma que aceita tus patines
Es canchero y varón, se llama tango.

Mis escoberos siempre harán candado
Y en mi bobo, de zurda y sin falsía,
Aunque te dieron juego marquillado,
Pa' mi vos valés más que una maría.

Yo seguiré escruchando en tu lunfardo,
Sin monseñar, jirafa ni bandera
Y mi voz altillera será el bardo
Que te cante la rima más canera.

Cuando llegue el final, si la de blanco
Me lleva con el cura antes que al hoyo,
Que el responso sea en lunfa, así lo manco;
Yo no aprendí el latín de puro criollo.

Y así estarás feliz matina y sera,
Más contenta que santo en la leonera.

Letra y música: Edmundo Rivero
Rivero grabó esta milonga que le pertenece en 1967, con acompañamiento de guitarras, como parte del larga duración En lunfardo, volumen II.

 

Coplas del Viejo Almacén
1969

En este Viejo Almacén
yo tengo un bordón maduro,
donde el pampero resopla
-flaco, porteño y oscuro-,
con la data contra el muro,
sus misterios como coplas.
Coplas del Viejo Almacén,
cantata de meta y ponga,
San Telmo sangra milongas
y yo, milongas también.

En este Viejo Almacén,
si paga el gasto el Destino,
del escote de una moza
sube la voz de Gabino
y en cada vaso de vino
deja flotando una rosa.
Coplas del Viejo Almacén,
cantata de meta y ponga,
San Telmo quiere milongas
y yo, milongas también.

En este Viejo Almacén
que huele a ron y a centeno
lo aroman a Buenos Aires
la voz de un jazmín moreno
y un organito con celos
y, en flor, un Gardel del aire.

Coplas del viejo Almacén
cantata de meta y ponga
San Telmo enciende milongas
y yo, milongas también.

En este Viejo Almacén,
tengo un coro de gorriones,
sabios, poetas y chorros;
se mezclan por los rincones
un tango de antiguos sones
y un son de tangos cachorros.
Coplas del Viejo Almacén,
cantata de meta y ponga,
San Telmo crece en milongas
Y yo, en milongas también.

En este Viejo Almacén
la sombra gorda de Homero
me gatilló en la garganta
el arco dulce y cabrero
de un violoncello caneco
que, al Sur de mi llanto, canta.
Coplas del Viejo Almacén,
coplitas que son tristongas,
San Telmo llora milongas
y yo, milongas también.

Letra: Horacio Ferrer
Música: Edmundo Rivero
Nos aclara Ferrer-. "Esta milonga fue una especie de 'jingle' para los espectáculos del Viejo Almacén". Fue compuesta poco antes del 8 de mayo de 1969, cuando se inauguró el local que le da título. Rivero la grabó en ese mismo año, con acompañamiento de guitarras, para el larga duración homónimo.

AFINADISIMO, COMUNICATIVO, DUEÑO DE UNA CALIDA TERNURA EN SU SINGULAR ESTILO INTERPRETATIVO, SE CONTO, SIN DUDA, ENTRE LAS MAS GRANDES VOCES DEL TANGO

1935, cuando se inició como estribillista de José De Caro. En 1937 pasó a la orquesta de Julio De Caro y poco después cantó con Humbero Canaro, tras lo cual decidió abandonar el canto: "Nadie quería contratarme y aún llegaron a decirme que con una voz tan `gruesa` debía estar enfermo de la garganta. Hasta que en el cuarenta y pico, casi por casualidad, entoné un par de canciones en radio La Voz del Aire. También de casualidad me oyó Horacio Salgán y me contrató".
Fue el inicio de la popularidad. Luego vino su vinculación a Aníbal Troilo. "Nos acercó Carlos de la Púa -recordaba el cantor-. El encuentro fue en un boliche. Desenfundé la viola, canté algún tango, después se animó Troilo -quien, aunque tenía voz ronca, era muy afinado- y nos olvidamos del asunto que nos había reunido... Fue recién a altas horas de la madrugada cuando el Gordo lo recordó. El 29 de abril de 1947 grabamos nuestro primer tango en colaboración: El milagro, de Pontier y Expósito".
Cabe aclarar que, sin embargo, no fue ese registro el primero en salir a la venta. No obstante, la resistencia del público

Alberto Marino y Rivero

Opina el investigador Maximiliano Palombo: "Edmundo Rivero fue, en su calidad de cantor nacional, un genuino y cabal continuador de la escuela vocal que Carlos Gardel había impuesto en los años `20". Y opina con inteligencia y precisión. Más allá de ello, don Edmundo no se quedó de simple continuador y aportó, como él mismo nos narraba, otras influencias: "Aprendí mucho de la ópera, del lied; cuando uno conoce a Schubert o Beethoven o Rossini o Wagner, a los grandes músicos, puede volcar esos conocimientos en el tango".
Pero si bien Gardel había hecho su aporte basado en el canto lírico, la innovación de Rivero consistió en la incorporación de otros recursos; por ejemplo, la "esfumatura" en la sílaba final de la composición, cosa que no se advierte en los cantores que lo precedieron. Por otra parte, debe tenerse en cuenta su extraordinaria afinación y su honda comunicatividad, detalles que lo convirtieron en uno de los más grandes inmediatamente detrás del genial Zorzal Criollo.
Refería el gran intérprete en aquellas extensas charlas que llevaba a cabo en la Academia Porteña del Lunfardo, en un café de la avenida Santa Fe y en El Viejo Almacén, entre octubre y diciembre de 1985: "Nací bajo el mismo cielo al que tantas veces he cantado con versos de Homero Manzi: el de Pompeya y más allá la inundación. Fue el 8 de junio de 1911, a unas cuadras de la iglesia de Nueva Pompeya, junto al puente del Ferrocarril Belgrano, que entonces se llamaba Midland, exactamente en la estación Puente Alsina, de la cual mi padre era jefe. ¡Quién iba a decirme que 37 años más tarde iba a tocarme estrenar el tango que habla del paisaje que me vio nacer!" Cabe agregar que sus padres, Máximo Aníbal Carmelo Rivero y Juana Anselma Duró, fueron aficionados al canto. De ellos y de su tío Alberto Duró, que le impartió las primeras lecciones de guitarra, heredó su arte.
En su adolescencia, formó un trío con su hermana Lidia Eva y con su hermano Aníbal. Con éste debutó en radio. "El primer sueldo que cobré en la radio -contaba al respecto Rivero- fue producto de un trueque entre la emisora y una casa anunciadora: ¡un pescado!, aunque a elegir entre pejerrey y merluza".
Eran aún los tiempos del repertorio campesino, La yeguecita, China hereje, Mirala cómo se va y cosas como ésas; el tango no interrumpiría en su vida hasta

Rivero con Horacio Salgán

continuaba en cierta medida; el hábito de escuchar tantas tesituras de barítonos y tenores en los vocalistas tangueros provocaba el rechazo a un inesperado bajo como Rivero. Pero Troilo supo lo que hacía al contratarlo y la gente se acostumbró, por fin, a esa voz atípica que terminó por ser una de las más típicas. Lo atestigua el éxito obtenido por algunas grabaciones irrepetibles de la dupla, como Sur, Cafetín de Buenos Aires, Milonga en negro, El último organito, Tú o La viajera perdida.
Troilo y Rivero se desvincularon amistosamente y el cantor inició la carrera de solista que su talento merecía. Fue así como 1950 marcó el punto de partida de su brillantísima etapa independiente. Junto con ella, comenzó a difundir sus propias composiciones, como los tangos Pelota de cuero (con Héctor Marcó), Todavía no (Eugenio Majul), Pa`l nene, Bronca (ambos con Mario Batistella), Grata, Los santos del estaño (los dos con Juan Bautista Devoto), Las diez de última (José Pagano), Poema Nº 0, A lo Megata (los dos con Luis Alposta), Arigató, Japón, arigató (con letra propia), Aguja brava (Eduardo Giorlandini), Dos ladrones (Enrique Otero Pizarro) y otros; las milongas La señora del chalet (José

Pagano), La solita (Miguel Bucino), Vivir lo nuestro (Martín Castro), Amablemente (Iván Diez), Línea 9 (Carlos de la Púa), Biaba (Celedonio Flores), Coplas del Viejo Almacén (Horacio Ferrer), A un nochero que quiso ver el sol, La toalla mojada, A Buenos Aires, Oíme, Rosa (las cinco con letra propia), etc., y en otros géneros, la canción ¿Quién sino tú? y el aire de malambo Malón de ausencia, ambos con letra y música propias.
En 1963, comenzó la serie de longplays titulados En lunfardo, en los que incluyó, entre otras obras, varios poemas célebres en la jerga porteña que él mismo musicalizó. En 1965, grabó acompañado por Astor Piazzolla el larga duración El Tango, en el que interpreta obras de ese músico con letras de Jorge Luis Borges. En 1968, actuó por primera vez en Japón. El 8 de mayo de 1969 inauguró su célebre tanguería El Viejo Almacén, de Independencia y Balcarce.
El 6 de mayo de 1978 fue nombrado académico de número de la Academia Porteña del Lunfardo, en la que ocupó el sillón Carlos Gardel. En 1982, editó su libro Una luz de almacén. En 1985 condujo, por Radio Nacional, su interesantísima audición Hablando del lunfardo y publicó su libro Las voces, Gardel y el canto.
El 24 de diciembre de ese mismo año, sufrió una miocardiopatía que lo obligó a ser internado en el Sanatorio Guemes; allí falleció el 18 de enero de 1986, a las 10: 35. La ciudad acababa de perder a una de sus voces mayores y más queridas.